Uno
Al atardecer, las palas de los tres hermanos dejaron de cavar en la tierra del señor Obab. Todo quedó quieto. Las últimas paladas perdidas en el cielo de nubes negras, el ritmo de los seis brazos sudorosos, metiendo y sacando tierra para ser ricos de una vez, en el eco del lugar. Los tres hermanos se ocupaban de cavar los primeros días de la semana, los otros días rellenaban esos agujeros como si no hubiese pasado nada más que el tiempo. Y era al atardecer, con la caída del sol y la aparición de las mismas nubes, cuando las palas vibraban por última vez, y un tocar de campana a toda prisa que venía desde la granja cerraba la jornada antes de la lluvia de siempre.
-Casi está, cerca de, ya estamos, casi, casi, el propósito y…-se apresuraba a decir el mayor al llegar a la granja, evitando el golpe de puño de un viejo harto de tanto buscar para nada.
Después se sentaban en el suelo y esperaban la orden del tío, su escupitajo en el porche y la patada a la puerta. Entonces todos entraban dentro y se abalanzaban a la sopa con carne de los cuencos que había preparada en la mesa. Luego se peleaban entre ellos buscando como excusa un trozo de pan o una mirada de más, y entre golpes se quedaban dormidos, sucios de arena y cansados de tanto quitarle tierra a la tierra. El anciano Obab (si hacía frío y quería calentarse) sacaba su alcohol y bebía. Esa noche no lo hizo. Le dio un puntapié al mayor. Le despertó y le dijo que se lavara, que en el establo encontraría agua y que tenía que ir a la ciudad, a por más veneno y cuerdas, que él era joven y sabía lo que tenía que decir y lo que no si alguien le preguntaba. Y después se arrepintió y le dijo que no, que no se acercase al establo y que no malgastara agua, que la lluvia ya le lavaría lo suficiente.
Dos
¿De dónde le vendría a ella la idea de fijarse primero en los zapatos antes de abordar las demás zonas de un hombre? Lo de ése tipo en el supermercado fue un caer repentino en el borde de los zapatos y en un caminar irregular, indeciso, y subir hacia arriba hasta rematar la mirada en unos ojos marrones, del color de la corteza de los árboles. Entre los botes de tomate abordarle la zona, después seguirle despistada entre mermeladas y ante las salsas volver a tomarle el pulso a los ojos, retarlos y conducirlos al escote.
-Llueve de muerte. ¿Tienes dinero para mí? –preguntó ella.
Y siguieron caminando por el pasillo del supermercado, comprobando las etiquetas de las latas en un comprobar sin más sustancia que mirar números y conquistar.
Sin que supiera exactamente cómo ocurrió, en uno de esos despistes de código de barras, ella perdió de vista al joven. De cuando en cuando le sucedía, era improbable que se le escapara así como así un cliente, pero a veces se daban a la fuga. Miró y remiró pasillos, carritos de compra y lavabos antes de asegurarse que se le había esfumado esa noche la presa. Ahora le tocaba comenzar de nuevo: el juego de la seducción, los zapatos del joven necesitado de amor, adivinar el billete en el bolsillo del pantalón (el olfato le decía que el pobre diablo de antes tendría más dinero del aparente), ofertas y la lengua mojando los labios, una nueva posibilidad.
-Odio a los niños bobos –reveló mientras abandonaba el supermercado.
Corrió hacia la gasolinera, a salvarse de la lluvia y esperar a un conductor confiado que le arreglara la noche. Gotas. Luces de coches. Alguien fijándose en su cuello. Más gotas. Y antes de quedar inconsciente sonrió, pues creyó ver una vez más el color de la corteza de los árboles en unos ojos.
Tres
-Duerme.
-Calor, tiene calor, los botones…
-¡Sí, los botones!
-Yo estaba bastante loco, ella, allí… Y sus manitas tocando los botes de mermelada…
-Calor, calor, calor.
-La manga, ¡estira!
-Llovía. Y otra vez yo allí tonto. Más ratas en mi cabeza.
-¡Eres un inútil! ¡No vale tocar hasta que tío Obab no lo diga!
-El viejo no lo sabe. Y después le di, le aticé así, cogiendo carrerilla, como cuando el tío batea con la pala, igualito, y ella tan preciosa, ratas.
-Vaya, el propósito principal es lo primero, por fin…
-¡La falda! ¡Ahora la falda!
-¿Habíais visto algo así alguna vez?
Cuatro
La cama olía a bolitas de alcanfor. Un corretear de manos aquí y allá, ásperas, le hizo retorcerse. Estuvo a punto de gritar y levantarse de un salto, prefirió hacerse la dormida, esperar el momento preciso. Escuchó balbucear algo sobre el objetivo, el seguir paleando para llegar a dar con el tesoro, luego adivinó un quitar y quitar prendas. Pero ella conocía el tacto de esas manos, nerviosas no conseguirían nada más que destaparle un pecho, o una pierna, después se arrepentirían y correrían a un rincón. Ella dejó hacer hasta que tuvo realmente miedo: fue al abrirse la puerta de la habitación y oír golpes brutos y sangre de narices partidas goteando en los tablones del suelo. Después, un viejo con una dentadura sucia se acercó a ella, olisqueando su cuello.
Cinco
-… nos rompió la cara.
-Más bien sí.
-Y ahora está con la mujer.
-¿Habías visto algo así alguna vez?
-Vaya, es fuerte por completo.
-Pronto se hará de día.
-Y hoyos alrededor y la mujer allí.
-Ya veo. ¡Cavar!
-Quería mi bolsillo con dinero.
-¿Cavar?
Seis
Es suficiente con detenerse en los ojos de ella para saber qué es lo que desea. Bastaría una simple mirada. Examina la disposición del cuarto: un par de sillas cojas, un jergón manoseado, dinero en sueños, oscuridades, pequeñas sombras, el techo roto. Valora y calcula riesgos: la creencia de que ellos cavaban para encontrar el tesoro, el silbido de la llama de la lámpara alejándose por culpa de la corriente que se cuela bajo la puerta, por las grietas de las paredes, por la nariz de ese viejo que pesa más que todas las cosas y que borracho no sabe dónde meter su sexo y se conforma con el rozar en la cama o en una pierna, así una y otra vez hasta que cae derrotado encima de ella, y ella aprovecha para preguntarle en el oído que qué es eso del propósito principal, y él se levanta como un toro y grita:
-¡Buscar y buscar en la tierra hasta conseguirlo y cueste lo que cueste aunque cueste la vida! Pronto –confiesa-, antes de ser cadáver, quizás unos meses más hasta haber agujereado la tierra entera y hacerle memoria a padre, porque desde entonces lo buscamos, el propósito principal.
Tío Obab cae al suelo, nunca ha hablado tanto rato seguido. Sigue tartamudeando algo, el final de lo escaso, de encontrar y exterminar de una vez por siempre la pobreza. Ella se levanta de la cama, golpea con el tacón del zapato en el hígado del viejo, que resopla pesadamente y se ahoga. Después se arregla el cabello, se estira la falda y acaba con el cálculo: no puede evitar pensar en oro y más oro.
Siete
Pala: Instrumento compuesto de una tabla de madera o una plancha de hierro, comúnmente de forma rectangular o redondeada, y un mango grueso, cilíndrico y más o menos largo, según los (combinados) usos a que se destina.
Ocho
No, no sonó la campana como otras tardes y seguimos con la cabeza gacha y la pala. Mis hermanos son un poco tontos, retrasados, quién sabe por qué (padre siempre se quejaba de ellos, de mi no, de mi no). Fui yo el que dije que ya está bien, que los brazos me dolían como estrellas, que tío Obab estaría borracho. Y me los tuve que quitar de encima como le cuento, así, a golpes, no se puede decir nada del tío delante de ellos porque muerden como perros. Pero yo me fui, y les dije que se murieran, que yo me iba a cenar que ya era tarde, y ellos me siguieron porque tenían miedo, siempre tienen miedo.
Dejamos los agujeros sin tapar, no tocaba tapar, y el más pequeño preguntaba desde atrás que si los tapábamos. Yo cogí una piedra, hice así, como si se la tirara y él es como los perros y dijo que otro día posiblemente. Estaba allí, tan preciosa, yo ya le he dicho… Ella en el porche de la granja y nos abrió la puerta, la comida estaba en los cuencos, olía tan bien.
Mis hermanos fueron a comer la carne de la mesa, yo me quedé mirándola y le dije que era bonita, la cogí de la cintura y ella me empujó para apartarme. Me dio igual que me arañase con sus uñas aceradas como un clavo. Yo fui como un perro a comer la carne y a reír con los otros dos porque teníamos comida y una mujer con un olor precioso que hacía que cuando levantábamos las narices nos quedáramos tontos. Pensar en el viejo vino después, qué le había pasado. Nos miramos los tres, dijimos sin hablar que qué será del viejo, pero subimos las narices arriba y respiramos cebolla y músculo, nos olvidamos del tema.
Y eso es porque yo nunca he tenido una madre, siempre he visto hombres con alcohol y tierra y más tierra. Estábamos tan contentos que la miramos como perros cuando se acercó y comenzó a preguntarnos, y teníamos tantas ganas de besar ese cuello. Que si encontraríamos pronto el tesoro nos preguntó. Y tantas ganas de besarla y quitarle la ropa y besarla con la lengua. Sí, eso nos dijo: el tesoro. Y yo le pregunté que qué tesoro.
-El propósito principal -dijo ella ilusionada.
Nos quedamos como los perros cuando ven la mano del hombre en alto, quietos. Yo estaba de pie, sin moverme, como un pájaro nocturno vigilando. Y fue el pequeño, sí el más pequeño el que habló, como un lobo aullando le dijo en alto (antes de besarla y tocarla, y antes que nosotros la besáramos y ella se dejara hacer) que un par de meses o tres quizás nos costaría, pero que sin duda nosotros mataríamos a la plaga por fin y encontraríamos la madriguera y le aplicaríamos veneno durante horas. Ella miró al suelo con sus ojos escandalosos, y a las paredes, y a las cortinas rotas. Y entonces vio las ratas. Muchas ratas. Nuestras ratas rabiosas olisqueando sus pies con sus naricitas negras.
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Relato perteneciente a La memoria del laberinto (CYH, publicado en 2005).
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