A J.C.
La mujer entre acrobacias intentó alcanzar la estufa de gas butano, estaba demasiado lejos. El reuma le tenía triturada la espalda y no lo logró. Con el teléfono en su regazo marcó el número de la policía y relató la historia. Dio la alerta, tosió hasta arrugar sus pulmones y lloró con lágrimas de vieja. En el otro lado de la línea tan sólo el silencio, durante minutos, hasta que una señorita arrastrando las letras le anunció que ya le había tomado nota.
“Si todo terminara aquí, pensaba, sin saber el final y una tan en último round y ya con poco tiempo, con tan lejos los discursos y las nuevas caídas, el pink champagne y los bailes de antes…”.
Un pinchazo en el dedo gordo del pie le indicó que había estado demasiado tiempo intentando lo imposible. Sintió cómo se extendió por la pierna hasta explotar en su rodilla. De allí hasta el corazón como nada, y del corazón a la boca y a la lengua negra, de persona que ha vivido demasiado.
-Es inútil, qué lástima, tan a mano y… –lloraba la vieja.
Volvió a marcar el número de la policía. Y pese a que le respondieron “Funeraria Rosita, dígame” ella se empecinó y relató desde el principio de todo la urgencia, lo de sus brazos cortos y el tiempo mínimo, lo del final y el champagne rosa, lo imposible, hasta que se quedó sin voz y tuvo que respirar pesadamente, haciendo ininteligibles las palabras. Colgaron y ella no tuvo ya más nervio para seguir marcando números.
Se abandonó a la suerte, los párpados le cayeron a plomo sobre los ojos, en negro, la garganta ronca. De repente escuchó algo detrás de la puerta de la habitación. Un hombre calvo giró el pomo y pasó, su hijo. Ella advirtió cómo se sorprendió al verla así, encogida, con el auricular del teléfono sobre la falda, llorando.
El hombre refunfuñó y fue hasta la estufa de gas, le reprimió la manía de pedir auxilio por nada, susurrando entre dientes algo sobre los cocodrilos y la región de Auvernia, cogió de encima el libro de Corín Tellado y se lo acercó resignado.
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