Microteatro psicopático
Me acerco al Microteatro Psicopático del aragonés Javier Tomeo, que encuentro en el volumen Narraciones de lo real y lo fantástico (Bruguera), con alborozo y asombro. El texto que sigue lo pisotea todo:
En el centro del escenario, con aire un tanto desconcertado, la gentil Colombina, con un vaporoso vestido azul.
COLOMBINA. (Mirando a derecha e izquierda.) ¡Pierrot! ¡Pierrot! ¿Dónde estás?
PIERROT. (Invisible, escondido tal vez entre bastidores, con una hermosa voz de barítono.) ¡Aquí, alma mía!
COLOMBINA. ¡No puedo verte! ¿Por qué te escondes?
PIERROT. (Siempre invisible.) ¡Aquí, aquí, mi amor!
COLOMBINA. ¡Anda, ven conmigo!
PIERROT. ¡En un instante, prenda mía!
Pausa. Por la izquierda aparece una bota colosal que ocupa todo el escenario. La cabeza de su dueño debe quedar a la altura de un quinto piso. Colombina muere aplastada y de inmediato desciende el telón. Los escasos espectadores, perplejos, se preguntan:
PRIMERO. ¿Fue real la muerte de Colombina?
SEGUNDO. ¿Fue, por el contrario, una simple farsa?
TERCERO. ¿Pertenecería tal vez la bota al pie de un Pierrot anormalmente desarrollado?
CUARTO. ¿O pertenecería, por el contrario, al pie de ese gigante intruso, que se complace aplastándolo todo?
Hoy, el inestimable y santo poeta Fernando Arrabal se hacía eco de Malditos en sus definiciones, jaculatorias y arrabalescos dominicales, así como del máximo número de jugadas posibles en ajedrez que un brillante estudio-juego calculó, entre otras esplendorosas contribuciones a las 64 casillas (!).
En el centro del escenario, con aire un tanto desconcertado, la gentil Colombina, con un vaporoso vestido azul.
COLOMBINA. (Mirando a derecha e izquierda.) ¡Pierrot! ¡Pierrot! ¿Dónde estás?
PIERROT. (Invisible, escondido tal vez entre bastidores, con una hermosa voz de barítono.) ¡Aquí, alma mía!
COLOMBINA. ¡No puedo verte! ¿Por qué te escondes?
PIERROT. (Siempre invisible.) ¡Aquí, aquí, mi amor!
COLOMBINA. ¡Anda, ven conmigo!
PIERROT. ¡En un instante, prenda mía!
Pausa. Por la izquierda aparece una bota colosal que ocupa todo el escenario. La cabeza de su dueño debe quedar a la altura de un quinto piso. Colombina muere aplastada y de inmediato desciende el telón. Los escasos espectadores, perplejos, se preguntan:
PRIMERO. ¿Fue real la muerte de Colombina?
SEGUNDO. ¿Fue, por el contrario, una simple farsa?
TERCERO. ¿Pertenecería tal vez la bota al pie de un Pierrot anormalmente desarrollado?
CUARTO. ¿O pertenecería, por el contrario, al pie de ese gigante intruso, que se complace aplastándolo todo?
Hoy, el inestimable y santo poeta Fernando Arrabal se hacía eco de Malditos en sus definiciones, jaculatorias y arrabalescos dominicales, así como del máximo número de jugadas posibles en ajedrez que un brillante estudio-juego calculó, entre otras esplendorosas contribuciones a las 64 casillas (!).
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