Hace un tiempo
Andreu Martín pudo contestarme ciertas preguntas, una entrevista que salió publicada en
Escribir y Publicar. Ahora que ha caído en mis manos uno de sus libros,
Bellísimas personas, y lo vuelvo a leer con interés añadido, he querido rescatar algunas de sus respuestas para este blog.
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¿Por qué en su obra tiene habitualmente a Barcelona como escenario, qué le da la ciudad?
Para mí, Barcelona es la ciudad por excelencia, por antonomasia, simplemente porque nací en ella y porque siempre viví en ella. Es la ciudad que conozco. Durante mucho tiempo, pensé que todas las grandes ciudades eran iguales, y por tanto daba igual ambientar una novela en Barcelona que en París o en Los Ángeles. Más tarde aprendí que no, que cada rincón del mundo tiene su propio carácter y su propia dinámica, y me conformé con continuar hablando de aquello que conozco. Mi querida Barcelona. Querida, digo, aunque haya gente que presuponga que la odio porque siempre muestro su lado más oscuro. No: opino que, para reparar un coche que no funciona bien, hay que levantar el capó y enfrentarse a sus entrañas, por sucias y deterioradas que estén y desagradable que resulte. Quien ama su coche, levanta el capó y mira y cuenta. Eso es lo que hago yo. Para que alguien repare las averías.
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¿Prefiere transgredir o prefiere modelos literarios más formales?
Creo que soy muy formal. El hecho de trabajar en la literatura de género significa e implica aceptar unas reglas del juego y yo, como buen juguetón (que no jugador), creo que el placer del juego está precisamente en el respeto de las reglas, no en la transgresión. Muchas veces, los autores que se empeñan en crearse un estilo propio transgrediendo reglas me parecen fatuos y hasta ridículos. Siempre me ha parecido mucho más fácil transgredir las normas que seguirlas.
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En su novela Bellísimas personas utiliza diversos enfoques y perspectivas sobre un mismo hecho, ¿cómo logra ese proceso?
Es algo premeditado desde antes de empezar a escribir. Forma parte de la tesis de la novela. Al principio, me propuse escribir únicamente un true crime a la manera americana, una especie de novela/reportaje periodístico, objetiva y descriptiva. Pero, mientras investigaba y hablaba con periodistas, psicólogos, policías, abogados, jueces, implicados en el caso, descubrí que la novela objetiva y puramente descriptiva era muy limitada, entendí por qué es mejor inventar ficción que retratar la realidad. Y decidí convertirla en un prisma que nos ofrecía diferentes facetas de un mismo hecho y nos permitía reflexionar sobre la pena de muerte, la justicia, la inocencia, la culpabilidad, la locura y etc. con más conocimiento de causa, más en profundidad, que se me hubiera limitado a contar que un día un señor hizo esto o lo otro y ya está.
¿Qué importancia le da a la violencia en sus novelas?
Durante un tiempo, dije que empleaba la violencia como revulsivo, para ofender al lector, para rechazarla, para hacer que el lector abominara de ella. Hoy creo que, en aquel tiempo, yo no pensaba en el lector y me limitaba a expulsar de mí, escupir, vomitar, mis propios miedos, sin tener la menor consideración con el lector. Curiosamente, al mismo tiempo yo predicaba que toda novela debe tener en cuenta al lector, pero no era consecuente con mis propias palabras. Hoy, creo que no hay que tener tanto respeto por el lector y, en cambio, me parece que escribo teniéndolo mucho más en cuenta. ¿He dicho ya que soy muy contradictorio? Nunca consigo estar de acuerdo con lo que digo.
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