Niña que amaba
Acabar de leer El niño con el pijama de rayas (Literaturas.com publicó en el mes pasado una entrevista con John Boyne, su autor) fue regresar a La niña que amaba las cerillas, del canadiense Gaetán Soucy, con el uno por ciento de éxito y ventas que el niño de Boyne. La primera es una novela correcta, la narracion avanza simple, y golpea un par de veces, no más. Cuando la amistad de los personajes se pone a prueba y vale la traición consentida, la narración gana interés. Pero ya está. Sobre todo está si uno ha leído la novela de Soucy y recuerda la niña de la novela (y a la vez recuerda que el niño no es un ser idiotizado y que la dicotomía ángel-demonio duerme en su inocencia).

Las primeras líneas del niño con el pijama de Boyne:
"Una tarde, Bruno llegó de la escuela y se llevó una sorpresa al ver que María, la criada de la familia -que siempre andaba cabizbaja y no solía levantar la vista de la alfombra-, estaba en su dormitorio sacando todas sus cosas del armario y metiéndolas en cuatro grandes cajas de madera; incluso las pertenencias que él había escondido en el fondo del mueble, que eran suyas y de nadie más".
Las primeras de la niña con talante de escritora, en su diario, y sus cerillas:
"Mi hermano y yo tuvimos que hacernos cargo del Universo, pues una mañana sin avisar, poco antes del alba, papá entregó su espíritu. Sus despojos crispados en un dolor del que sólo quedaba la corteza, sus decretos de súbito convertidos en polvo, todo eso yacía allí en el cuarto desde el cual papá todavía la víspera nos ordenaba todo. Mi hermano y yo necesitábamos órdenes para no borrarnos por trozos, era nuestro mortero. Sin papá nada sabíamos hacer. Apenas podíamos vacilar, existir, temer, sufrir".
Es evidente que la niña de Soucy se comería al niño. Aunque creo que lo que más molesta es la contraportada de El niño con el pijama de rayas. El editor recomienda la lectura para niños mayores de trece años. Y uno no sabe si camina por un libro infantil o por un libro con pretensión de sencillez que ha sido vendido de forma cándida para todos los públicos (como si el público no tan infantil -¡13 años!- tuviera que guiarse por novelas "marcadas").
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