El hombre de negro resbala entre los otros cuerpos en un juego elástico. La historia está plagada de esos enviados, aparecían para quemar libros, desparecían con secretos inauditos. Su objetivo era evitar que alguien pudiese conocer lo innombrable: la biblioteca de Alejandría ardió a sus pies. La pregunta que puede hacer que uno se apiade de él, del censor en el sentido estricto: ¿acaso yo sería uno de esos hombres de negro si no confiara en el individuo? ¿Si tuviese la certeza de que todo está corrompido y que esta sabiduría sólo perjudicará el devenir no intentaría destruir mi propia obra? ¿En el conocimiento duerme la destrucción?
Hibernia es una ciudad despiadada, ya hará varios años que estamos sumergidos en su invierno cruel. Pocos recuerdan cómo se desvanecieron las otras estaciones, lo que nadie creería es que esta Hibernia es causa de ciertas invocaciones salmodiadas dentro de un Pentagrama, que es un primer intento, que fue mi primer intento, por manejar la vida… Sube al tranvía. Cierra el paraguas. Va al fondo del vagón, la intención es vigilarle sin que sospeche, ocultarse entre los pasajeros. Antes de subir ha examinado con escrúpulo a todos y cada uno de sus integrantes, porque si de algo huyen esos hombres de negro es del investigador antiguo, de aquéllos que saben de su existencia por la lectura inevitable de sus idas y venidas a lo largo de los siglos. Y ellos saben de todos aquéllos que conocen el secreto, sus fuentes son inabarcables, nadie puede adivinarlas.
El Abad Tritemius creó un código, la esteganografía, jamás nadie dio con su verdadero significado. Acaso John Dee, un criptógrafo y cabalista del siglo XVI estuvo cerca de conseguirlo, pero sus delirios y las conversaciones que (presuntamente) tenía con otros seres a través de un espejo de antracita, acabaron con él. Con su fama. Con su mente. Tras el código se oculta el principio de la verdad. Y lo que ahora importa es terminar con la única persona que puede dar al traste con el gran secreto, con ese hombre de negro que vigila día tras día desde la calle, que probablemente habrá revuelto la habitación haciendo su trabajo después de golpearme, no recuerdo más. Él es lo único que amenaza al proyecto. Es cierto que las cátedras universitarias, duchas en todo lo conocido, son también un escollo. Galileo, todos los genios, sufrieron la incomprensión hasta que les llegó el momento del juicio universal; en el pesaje de su sabiduría, con los siglos, se les consideró grandes sabios. Lo que eran. Y eso es lo que importa: el futuro. Aunque si uno puede dominar a su arbitrariedad el tiempo…
“La ciudad es un bloque de hielo”, este es uno de los titulares con los que abre hoy el periódico. El principal. Siempre se exageró sobre el cambio climático, y esta época recuerda a los científicos la era glaciar. Si ellos supieran que está provocada desde la invocación, desde las cuatro paredes de mi estudio, desde ese Pentagrama sagrado que el gran Eliphas Lévi más o menos adivinó en su tiempo… Pero el hombre de negro baja del tranvía y camina a grandes pasos, atraviesa un par de calles y mi caminar se funde con la cadencia de su caminar. La paradoja. El gran problema del manejo de las estaciones es el bucle: que se repita infinitamente la misma situación. Esa variable ha dado quebraderos de cabeza a no pocos autores especializados en eso que llaman “ciencia-ficción”. Una palabra despectiva en cuanto que supone que es algo que sólo puede ficcionarse mediante personajes y adivinanzas literarias. Un solo error en el proceso y el presente será infinito, se fundirá en un eterno retorno, y la ficción que tantos autores han supuesto sería una espantosa realidad.
IHB
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