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domingo, noviembre 23, 2008

El aniversario

De nuevo Iván Morillo y Ricard Benimelli se aliarán para convertir uno de mis relatos, publicado hace ya unos años, en corto. Será a principios de enero cuando comience la grabación. Y por lo que he podido saber, al equipo del corto anterior se van a unir nuevos técnicos, lo que garantizará, al menos, la calidad que ya tiene Noruega en clau de dol.


El aniversario

Ella apartó la mano de la copa en un gesto involuntario, justo antes del brindis, y metió su índice y su pulgar entre los dientes.
-Cariño, un hueso.
Y procedió a la búsqueda de la molestia que había quedado entre diente y diente. Él la miró con ojos de enamorado y siguió sosteniendo la copa en alto, a la espera de que acabara. Fueron unos segundos, pues con gesto de satisfacción infinita, tras dejar el cuerpo fastidioso en un lado del plato, volvió a coger la copa y participó sonriente en el brindis.
-Por nosotros –dijeron a la vez.

Los labios se acoplaron a los vasos, y el vino pasó a la lengua, un par de vueltas en ella y de allí a la boca del otro, ya que se levantaron de las sillas, sortearon las velas y el centro de flores y se besaron.
-Por este año, ha sido magnífico.
-Extraordinario…
-¿Quién iba a decir que tú? Te veía ahí, en el trabajo, tan único.
-Saliste del todo, del otro, y yo allí.
-Menos mal que tú allí.
-¿Sabes cómo he hecho la carne?

Se sentaron y siguieron con la vista concentrada en el otro, compartiendo. Fue él el que se rindió primero y bajó la vista, jugó con el tenedor en la carne, la untó en salsa de moras y, tras unos segundos de meditación soberbia, la masticó, y abrió la boca para decirle un “te quiero” convencido, enseñándole en un gesto cotidiano el fondo de las muelas. Después siguió mirándola embobado mientras pintaba círculos en el plato con el tenedor y la carne.

-Pues –comenzó- primero he conseguido una carne apropiada para esta cita, buena. Las piezas las he troceado yo, tienen que guardar la forma exacta, si no el plato pierde estética. Y la salsa –continuó-, ya sabes, moras del bosque, una base azúcar caramelizada, las cocí para reblandecerlas lo justo y las pasé al caramelo.

Ella sonrió, siempre supo que ése era el hombre de su vida, y ahora, tras el tiempo, aún más. Le encantaba que él le explicara sus historias, todas las recetas que pensaba para ella.
-Siento si alguna vez has estado triste por mi culpa –dijo ella.
-No, ya sabes, no es culpa tuya, todo el mundo arrastra fantasmas.
-Sí, pero… el de antes…
-Siempre supe cómo se llamaba, pero no su apellido.
-¿De verdad quieres saberlo?
Se lo dijo. Él se rió, no fue una risa bruta, sino matizada por el vino de calidad y por lo triste de la repetición de tres iniciales estúpidas.
-R.R.R –insistió riendo.
-Ya sabes que era él, acabamos pero insistía. Fue siempre un aburrido. Nunca debiste dudar de mí, lo ignoré.
-Ahora hace tiempo que no molesta.
-Sí, hace tiempo.

Él le acercó el pan y ella untó la salsa, habló de que quería una moto para ir al trabajo porque eso le ahorraría tiempo, cogería calles poco transitadas para que él no sufriera y en diez, quince minutos llegaría. Él la miró fascinado, le dijo que sí, que no había ningún problema, un par de meses ahorrando y la tendrían.
-A él le fascinaban las motos, ¿verdad?
-Acabemos con el tema.
-¿Verdad?
-Sí, pero no se por qué… -apuntó irritada.
-No te enfades, tan sólo preguntaba.

La cena sufrió una parada leve, tan sólo la necesaria para comenzar con más ímpetu el ritual de enamorados. Unos minutos callados y no pudieron remediarlo, pasaron la mano por encima de la mesa y se acariciaron. Sonrieron y miraron a la vela, cómo llameaba, una cena romántica. Él le dijo que ahora iban los postres, que apurara el plato. Ella asintió y acabó con la salsa de moras y la carne.
-Te lo has comido –dijo él, serio.
Ella se llevó las servilleta a la boca en un gesto instintivo y le miró al fondo de los ojos, bien adentro.
-A R.R.R, te lo has comido –añadió él.
Dudó un instante, le temblaron las manos, dejó la servilleta en la mesa y miró a otro lado, apartando los ojos de él. Molesta, esperó a que cambiara de conversación.
-He visto un ático magnífico –dijo él mientras se levantaba de la mesa y quitaba los platos.
-Me gustan los áticos –soñó ella.

En la cocina, antes de llevar los postres a la mesa (manzana asada con nata y trufas) volcó las sobras en la basura. Pensó otra vez sin poder evitar sonreír que R.R.R eran unas iniciales estúpidas y peleó un rato con lo que ella había dejado en el borde del plato. Y si en un primer momento creyó que el hueso tenía forma de dado diminuto, después, mirándolo más de cerca, se convenció de que estaba ante una reproducción minúscula, espléndida, de la mismísima Virgen de Lourdes.

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¿Qué se propone uno con la literatura?
Enseñar a la mosca a escapar del frasco (parafraseando a Wittgenstein). De todo laberinto se sale por arriba (Leopoldo Marechal)