18 may 2015

Helmut en SPECIMENS-MAG




Sigo a pies juntillas a Boris Vian cuando decía eso de que “toda la fuerza de las páginas de demostración que siguen procede del hecho de que la historia es enteramente verdadera, ya que me la he inventado yo de cabo a rabo.” Es decir, construir a partir de la ficción y que las costuras entre lo que se pretende “fantástico” y lo “real” no se noten. Que no pueda establecerse una diferenciación ni otro plano diferente; sino que todo forme parte de la misma unidad. Ya con Los caníbales, mi anterior libro de relatos, se daba esa máxima. Y me molesta tener que explicar este concepto pues yo no disocio una y otra cosa en el momento de escribir, ni siquiera fuerzo que lo fantástico asalte a lo real; todo es parte de la espiral narrativa y no puedo pensar ni por un segundo siquiera que sean cosas diferentes. Lo primero es la historia. Sin programación. Es evidente que la idea que sobreviene se ha forjado durante un tiempo, inconscientemente, abonando el terreno para que un día surja y uno se pregunte mientras toma el café con leche por la mañana: “¿y qué tal si un orangután, un experimento franquista para acumular saberes humanísticos, es nombrado miembro de la Real Academia?” Y luego uno sonría, acabe el café, friegue la taza, se rasque la cabeza y diga que sí, que vale, que es bastante obvio lo del orangután, que orangutanes hay muchos pero que no lo saben y que la historia puede servir de disparadero creativo. Y de juego. Y si sobreviene el juego en la escritura, todos felices; porque sin diversión ni broma ubuesca no hay aliciente; no merece la pena.



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