(Cuando uno andaba dándole vueltas a eso de la momificación como práctica sexual)
Ahora que pienso en Cortázar, esto que digo puede parecer una excepción, o bien es la confusión del universo, pero en cualquier caso, la línea de mi mano izquierda, que es la línea de la vida, bajaba por mis dedos hasta la pierna, allí se mareaba con el celofán, recorría en un juego inaudito las dobleces hasta volver a topar contra mis muslos, y como en espiral, sorteaba con algún que otro mareo la circularidad imperfecta del escroto hasta ascender por el pene, la única parte del cuerpo que respiraba aire y no formaba parte del enrollado compresivo, concentraba su energía en el punto central de ese miembro, que todo lo ve, y desde allí le miraba a ella, tan de carne y hueso, y que acababa de momificarme enterito y que con sus uñas agujereaba para que respirase, después de eso ella que se sienta encima de mí, ella que raspa con el peine amplificando mis gritos, que atiza y atiza, y que sopla y acaricia con una pluma esa carne saliente, y uno que ya no es uno, sino emparedado de pollo, Tutankamón, rollo de lomo en el congelador, y ella que se marcha y esas cosas de la vida, y uno solo, diciéndose que quizás fue un error criticar su primer cuadro, que tanta cercanía tras la crítica a la espera de una segunda positiva no era lo mejor, pero al fin y al cabo oficio de crítico artístico, espuela de jóvenes pintores, una momia bien jodida.
Recogido en PervetiDos. Catálogo de parafílias ilustradas. (Ed. Traspiés).

No hay comentarios:
Publicar un comentario